Blogger de 18 años y amante de la cultura pop.

viernes, 6 de noviembre de 2020

En la recta final de un 2020 aturdidor, marcado en la esfera mainstream por el resurgimiento de las influencias de la música disco propias de la década de los setenta, Kylie Minogue se suma sin reparos a dicha tendencia. No se sumerge en dicha corriente, sin embargo, desde una posición deseosa de indagar en la cuna sonora de las bolas de espejos y los atuendos despampanantes sin antecedentes en la misma: lo hace, a través de la singularidad que le distingue, con un legado a sus espaldas que bien podría atribuirle el alias de la mujer más significativa en la historia de la música de baile. Es precisamente este último aspecto el que permite otorgar a su trayectoria un nuevo peldaño en lo que a narrativa artística y progresividad se refiere, puesto que tanto Light Years (2000) como Fever (2001), cimentaban una antesala de cara a su espectro musical actual, aislado de sus inquietudes durante casi veinte años y que, una vez materializado, parece cobrar más sentido que nunca.


Atrás quedaron aquellos influjos de country-pop y los acordes de banjo que impregnaban Golden (2018), su predecesor. A sus 52 años de edad, dispuesta a renunciar a los convencionalismos edadistas y misóginos que impugnan y estigmatizan a aquellas mujeres que aluden al desenfreno y a la nocturnidad en sus composiciones, la cantante australiana decide deslumbrar con sus mejores galas, poner sus pies sobre una plataforma de luces LED y publicar DISCO, su decimoquinto álbum de estudio que, hoy, 6 de noviembre, finalmente ve la luz.

La elección de Say Something como carta de presentación del proyecto no es, ni por asomo, arbitraria; tampoco lo es su posición en el ecuador del tracklist, que segmenta una segunda mitad más apasionada y fulminante que la secuencia inicial. El sencillo en cuestión, un nuevo triunfo creativo para la intérprete, se postula de forma inmediata como un himno intrapandémico y una oda a la unidad interpersonal: la sofisticación de sus sintetizadores, del mismo modo que el talante épico de sus coros y su impronta esperanzadora lo elevan sin excesiva complejidad a los estratos más sobresalientes del producto al que pertenece. Magic, el segundo single, por el contrario, desluce y marca una incomprensible elección, no solo como corte promocional, sino como acto de apertura del álbum. Su carácter anodino, por fortuna, carece de gran representatividad en las piezas restantes del elepé. I Love It, cuya escucha resulta trivial a pesar del acertado protagonismo de la instrumentación de viento en su puente, es una de las excepciones. Tras zambullirse en el conjunto, la campaña previa al lanzamiento, en cuanto a la elección de sencillos respecta es, cuanto menos, inaudita.

El espejismo de lentejuelas y luces de neón que construye el LP es cristalizado en Supernova, llamativa en primera instancia gracias al empleo del vocoder. En consonancia con el contexto global de nuestros días, que no permite concebir dichos escenarios en la cotidianidad, la compositora metaforiza con dignidad -a través de sus tan distintivos y habituales conceptualismo y misticismo intergalácticos- la relevancia del escapismo y el divertimento, pese a que el disco estaba ya en gestación aún cuando la pandemia no había dado comienzo. Las clásicas referencias con las que soñaría alguien asiduo/a al género tienen, como no podría ser de otra manera, una gran cabida: en Last Chance, por ejemplo, emula con soltura y vitalidad la fórmula de agrupaciones como ABBA o Bee Gees; Unstoppable, pese a parecer menos ostensible, podría haber sido firmada por Donna Summer sin inconveniente alguno. El furor de Where Does the DJ Go? y Dance Floor Darling, por otro lado, sacia con éxito las expectativas depositadas en el proyecto por parte de sus seguidores más acérrimos.

El legado edificado por Minogue durante más de tres décadas, que han evidenciado la naturalidad pop tan espontánea y efervescente que caracteriza a sus melodías y a su figura supone, simultánea e inevitablemente, un obstáculo en la autodeterminación e integridad de DISCO. En lugar de posicionarse con suma inmediatez como una de las confecciones artísticas más extraordinarias de su discografía, languidece a la hora de conjugar a la intérprete y al conglomerado de sonidos al que homenajea, y sobre el cual se construye. Así, en la dicotomía de potencia y acto, la deriva desvergonzadamente cliché y la escasa inmersión en el núcleo de la música disco, tan notorias en las pistas que componen el largo, otorgan al oyente la inevitable sensación de encontrarse con una resolución apresurada y limitada con respecto a lo que pudo haber sido en primera instancia. Esta deducción entristece, en especial, a sabiendas de la improbabilidad de que la cantante retorne al género en el futuro.


Pese a su notoria y aparente privación de ambición, así como a la adherencia a los tópicos más reiterados y explorados del ámbito al que alude, elemento que llega a ser palpable incluso en su producción, DISCO es una más que tentadora y eficaz invitación a la pista de baile. Durante una hora que se presupone vertiginosa y súbita, el frenesí cardíaco y casi asfixiante que particulariza a su universo suponen, no solo un estallido eufórico de revoluciones por minuto, sino una nueva conquista en la trayectoria de una de las estrellas más deslumbrantes de la cultura popular y, por si no fuese suficiente, erige una evocadora escapatoria en tiempos incuestionablemente inciertos.


65/100

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